Migrantes en caravana: No van a detenernos con advertencias de delincuencia

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Migrantes hacen de todo por seguir su ruta, como pagar $150 para ir a Puebla, y aseguran que advertencias de delincuencia no los detendrán.

CIUDAD ISLA, VERACRUZ.- En algún lugar perdido de Veracruz, tres mujeres salieron de su casa a ver pasar el éxodo de centroamericanos.

Dos nada más están mirando. La otra llora y despide a más de 5 mil almas que cargan lo único que tienen, una mochila sucia, una gorra del PRI que les regalaron, una mandarina agria, unas “chancletas”, casi nada.

“¡Mirá, mirá, llora por vos!”, dice un joven hondureño emocionado.

“Ya vi, ya vi, adiós, mamá, se le aprecia su cariño”, le responden.

Y nadie detiene la marcha. Sólo hacen una pausa cuando los otros, pobres como ellos, les regalan algo.

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El Reportero Hn – Oficial

La noche anterior cuando descansaban en Sayula de Alemán, el Gobernador de Veracruz, Miguel Ángel Yunes, les había prometido 150 camiones para llegar a la Ciudad de México. Los viajes saldrían desde las cinco de la mañana.

La caravana se fue a dormir soñando que resolverían su situación migratoria. Sin embargo, Yunes había rotó su promesa argumentando la falta de agua en la Ciudad.

Lloviznaba, aún no salía el Sol, pero la caravana se puso en marcha hacia Ciudad Isla. La carretera se llenó de un lado a otro, y a lo largo se perdía de vista la cantidad de migrantes.

Más adelante comenzaron a pedir aventón. Se subían a los tráileres, a las camionetas. Sin embargo, las mujeres, los niños y familias completas que no lograron subir se rezagaron. Faltaban seis horas para llegar.

“¡Ah, ah, ah!”, pasa gritando un niño, contento, arriba de una camioneta.

Se comenta que quienes agarraron “jalón” y llegaron a Ciudad Isla se pasaron de largo hasta Puebla. Pero, hay algo que los impulsa a caminar: el miedo.

“La mara salvatrucha que quitó mi casa, trabajé mucho y la pagué y un día me dijeron que debía desalojarla, ya no tengo nada”, dice Ana Luisa Espinosa.

Un día antes, en la caravana, perdió su maleta. Ayer, en el camino le pisaron el talón y le rompieron su zapato. Ahora, camina medio descalza.

La caravana insiste. Se ahoga en la caja de los tráileres, se cuelga de las puertas de las camionetas. Dice adiós con una mano a los mexicanos que los miran. Los mexicanos los miran, morenos, con gorras del Partido Verde y del PRI, con playeras piratas de la selección mexicana que les regalaron en Chiapas y Oaxaca. Con “chanclas” rotas y ropa sucia.

¿Quiénes son? Quizás se preguntan. ¿Qué son? ¿Por qué se parecen tanto a nosotros?

Siete horas después, el grueso de la caravana llegó a Ciudad Isla, aunque otros se empeñaron en seguir de largo su camino para resolver su situación en la Ciudad de México. Pagan incluso a un camión para que los lleve a Puebla por 150 pesos cada uno.

Hay empujones por el espacio. Los coordinadores de la Comisión de los Derechos Humanos les advierten de la delincuencia en esta zona.

“No nos van a asustar con eso de la delincuencia”, responden.

Al final del día, la caravana se ha dispersado. Para quien se quedó en Ciudad Isla, un albergue los recibió con comida, ropa y piñas, los pobladores las donan a pesar de que acaban de padecer las inundaciones. Pero no importa, dice un hombre que llegó con un montón de ropa. “De por sí ya somos pobres”. Hoy se dirigen a Córdoba, Veracruz.

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